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El puente de los hábitos

José Ramón Ayllón

George Steiner se queja de que, en todo el mundo, el noventa y nueve por ciento de los seres humanos prefieren –y están en su perfecto derecho- la televisión idiota, la lotería, el Tour de Francia, el fútbol o el bingo antes que la cultura escrita. El sabio profesor confiesa que lleva toda su vida esperando que la escolarización obligatoria y la proliferación de bibliotecas cambien tal porcentaje, pero eso nunca sucede. Porque el animal humano es muy perezoso, mientras que la cultura es exigente.

Es evidente que ponerse a estudiar es una elección. En la sencilla disyuntiva entre estudiar o no estudiar, la probabilidad de abrir un libro puede ser alta. En cambio, si lo que se me ofrece como alternativa es entrenar con mi equipo de fútbol, ver una película, jugar Play, navegar por internet, chatear, asistir a clases de inglés en una academia, o de clarinete en un Conservatorio…, entonces también es evidente que la probabilidad de abrir un libro será mínima. El estudio requiere tiempo y sosiego, justo lo que apenas tenemos en nuestras sociedades avanzadas.

¿Qué podemos hacer? “Apague y lea” -como titulaba Sánchez Dragó una de sus columnas- es un buen lema, pero no es fácil aplicarlo, pues ya no estamos enchufados a un televisor, sino a una docena de sofisticados cachivaches, que quizá sean las nuevas cadenas de los nuevos esclavos. Suelo recomendar a mis alumnos menos facebook y más the face on the book, pero solo consigo que sonrían.

Felipe -el simpático y apático amigo de Mafalda- estaba hace años en minoría. Hoy, por el contrario, Felipe somos todos –niños, jóvenes y adultos-, inmersos en una nueva civilización que –como señala Lipovetsky- ya no se dedica a vencer el deseo sino a exacerbarlo, de manera que la obligación ha sido reemplazada por la seducción, el bienestar se ha convertido en Dios, y la publicidad en su profeta.

Abotargados por la omnipresente cultura del ocio y el exceso de pan y circo, no es extraño que nuestros jóvenes padezcan la falta de voluntad de Felipe y la indiferencia desdeñosa de Manolito, que se pregunta “a mí qué más me da saber si el Everest es navegable o no”.

¿Qué hacer con los Felipes y Manolitos que pueden ser mayoría en nuestras aulas? Sabemos que la adquisición de hábitos tiene una enorme importancia educativa. Junto a la naturaleza biológica, que recibimos antes de nacer, la educación nos brinda una segunda naturaleza: a base de repetir los mismos actos, vamos tejiendo nuestro propio estilo de conducta, nuestro modo de ser.

Pero la libertad nos ofrece la doble posibilidad de lograr tanto una conducta digna y lógica, como una conducta indigna y patológica. Así –dice Aristóteles- unos se hacen justos y otros injustos, unos trabajadores y otros perezosos, responsables o irresponsables, amables o violentos, veraces o mentirosos, reflexivos o precipitados, constantes o inconstantes. En consecuencia, concluye el filósofo, "adquirir desde jóvenes tales o cuales hábitos no tiene poca o mucha importancia: tiene una importancia absoluta".

Un acto aislado no constituye un modo de ser, pero su repetición bien puede lograrlo. Por eso se ha dicho que quien siembra actos recoge hábitos, y quien recoge hábitos cosecha su propio carácter.

Toda repetición supone, en mayor o menor grado, fuerza de voluntad. Pero la voluntad -que lo fue todo durante siglos- tiene mala prensa en una época que valora la libertad por encima de todo. Por eso conviene recordar que una libertad sin voluntad constituye un divorcio nada recomendable.
Si los hábitos positivos no arraigan pronto, la personalidad del niño y del joven queda a merced de la ley del gusto.

La adquisición de hábitos tropieza con otro obstáculo permanente: por una misteriosa incoherencia, ningún ser humano es como a él le gustaría ser. Veo lo mejor y lo apruebo –reconoce el poeta Ovidio-, pero sigo lo peor. No se trata de falta de libertad sino de falta de fuerzas. Quien fuma cuando no quiere fumar, o no respeta el régimen de comida que había decidido guardar, sabe que se contradice libremente.

Por vivir en una cultura del éxito, con devoción hacia los que triunfan, conviene aclarar que la fuerza de voluntad no solo es necesaria para el común de los mortales, sino también para los que triunfan, incluso para los genios. Demóstenes, el más brillante de los oradores griegos, fue un niño huérfano y tartamudo, con dislalia y muy poca voz. Beethoven compuso la Quinta Sinfonía casi sordo. Mozart compuso su Requiem en el lecho de la muerte, afligido por grandes dolores. Dante escribió la Divina comedia en el destierro y la pobreza, a lo largo de treinta años. La mejor novela del mundo fue escrita por un hombre manco, que supo sobreponerse a la pobreza y a la cárcel, a las humillaciones y a la infamia. Los ejemplos de este estilo son innumerables, y ponen de manifiesto que el mundo avanza a remolque de la gente que persevera en su empeño.

La cultura del esfuerzo tropieza, desde hace décadas, con el síndrome lúdico, introducido por políticos y pedagogos que ignoran el gran consejo de Unamuno: “El que quiera enseñar jugando, acabará jugando a enseñar”. Nuestro síndrome lúdico, reacio a la exigencia y al esfuerzo, es reforzado por algunas señas de identidad de nuestra sociedad. Si para los políticos solo somos votantes -nunca personas-, para la economía capitalista somos consumidores, a ser posible consumidos por el consumo, y cuanto antes.

Por ello, no nos extraña que entre nosotros proliferen tipos humanos adolescentes, compulsivos, poco dados a la reflexión, con alergia a la responsabilidad. Al hablar de tipos adolescentes no me refiero solamente a los jóvenes. Mercedes Ruiz Paz, en su magnífico ensayo Los límites de la educación, tal vez pone el dedo en la auténtica llaga cuando nos dice que en nuestro país, unos millones de adolescentes de 13 a 18 años están siendo educados por otros millones de adolescentes de 30 a 40 años. Si este diagnóstico fuera correcto, el problema sería mucho más grave de lo que parece. Tendríamos que preguntarnos quién educa a los educadores, y estaríamos, realmente, ante la madre de todas las crisis.

La cristalización de un hábito positivo produce una virtud. Por el contrario, si lo que arraiga es un hábito negativo, lo que tendremos es un vicio, como hemos visto en el Lazarillo. De ahí la importancia absoluta de la buena educación, pues lo que está en juego es la persona: su conducta lógica o patológica en el futuro, su vida lograda o malograda.

Podemos añadir que en la tarea educativa nos interesan los valores, por supuesto. Pero mucho más nos interesan las virtudes, porque éstas son la encarnación de aquellos. El paso de los valores a las virtudes es el paso de la teoría del bien a la práctica del bien, y ese tránsito se da por el puente de los hábitos. Con una acertada comparación, Aristóteles dirá que nos interesa saber en qué consiste la salud, pero mucho más nos interesa estar sanos. Si los valores no se convierten en virtudes, vender valores es vender humo.

Pero nadie da lo que no tiene. Desde Platón sabemos que solo puede educar en virtudes quien previamente es virtuoso, como “aquellos benditos padres y maestros”, de quienes el escritor destaca su amor, su solicitud, sus recursos pedagógicos, su criterio, su paciencia…

Y esto nos lleva a la certera propuesta de MacIntyre: la urgencia de crear comunidades donde florezcan la vida civil, moral e intelectual en medio de “las nuevas edades oscuras que ya caen sobre nosotros. Pues si la tradición de las virtudes fue capaz de sobrevivir a los horrores de las pasadas edades oscuras, no estamos enteramente faltos de esperanza. Sin embargo, en nuestra época los bárbaros no esperan al otro lado de las fronteras, sino que llevan gobernándonos hace algún tiempo. Y nuestra falta de conciencia de ello, constituye parte de nuestra difícil situación. No estamos esperando a Godot, sino a otro, sin duda muy diferente: a San Benito”.

AULA 2013 - Encuentro Familia y Escuela, 16 febrero 2013, en IFEMA (Madrid).
Consejería de Educación de la Comunidad de Madrid.

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