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Educar la voluntad: educar para la felicidad

Todo padre anhela para sus hijos la felicidad. El gran dilema es preparar a los hijos para que lleguen a ser felices, y la felicidad tiene mucho que ver con la posibilidad de alcanzar las metas que cada ser humano se traza. No bastará con que nuestros hijos sean muy inteligentes; deben aprender a tomar decisiones, a elegir lo que es correcto por encima de lo que les provoca; deben aprender a perseverar y no rendirse ante el primer obstáculo; deben aprender a ser firmes en sus principios y actuar en consecuencia, aunque los demás hagan lo contrario.

Algunos padres no se han detenido a pensar cómo quieren que sean sus hijos el día de mañana. Piensan que sus hijos "madurarán" con el tiempo, que cuando sean adultos ya se convertirán en personas responsables, ordenadas, generosas o tenaces,  que con un poco de suerte, llegarán a ser hombres o mujeres de bien.

Son padres que desconocen su potencial educativo, es decir, desconocen que la formación del carácter no obedece a razones puramente genéticas, sino que en gran medida, depende de la acción educativa eficaz que se pueda realizar desde diversas vertientes, siendo la familia la primera y más importante.

Otros padres comprenden  que es importante trazarse un “plan estratégico” para poder educar la voluntad. La voluntad es esa fuerza que ayuda a todo ser humano a orientar su conducta hacia el bien, hacia lo conveniente, luchando contra los propios impulsos y deseos si es preciso, con tal de conseguir nobles objetivos. Una voluntad bien formada, prepara a la persona para perseverar en la lucha de conseguir una paulatina mejora de sí mismo y para influir en otros, de modo que hagan lo mismo.

Educar la voluntad no es una tarea sencilla, pero sí factible cuando los padres se plantean lo que anhelan para sus hijos y se trazan, pequeños objetivos destinados a forjar hábitos y actitudes que los llevarán a fortalecer la voluntad, en otras palabras, virtudes. Para tener hijos recios, habrá que evitar consentir caprichos y asumir actitudes sobreprotectoras; para hacerlos ordenados, habrá que empezar por establecer rutinas y horarios; para hacerlos responsables, habrá que pensar en darles encargos a su medida, dependiendo de la edad o de sus posibilidades; para hacerlos trabajadores, habrá que exigir con cariño, laboriosidad y esfuerzo en las grandes tareas y en las pequeñas.

Sólo quien es capaz de vencerse  a sí mismo, podrá conquistar su propia vida, podrá alcanzar esa autonomía que es sinónimo de dominio de sí, de madurez. Los hijos sabrán hacer uso de su libertad.  El ejemplo de los padres y maestros será muy importante, al igual que un ambiente rodeado de exigencia, cariño y  de sentido positivo para corregir los errores.

Susana Díaz de Ferreyra
Educadora

 

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